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- Opinión |
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Lesbianismo
La de preguntas retóricas con sabor amargo que podríamos haber evitado
a nuestras madres si hubiésemos sabido esto antes, lo sencillo que habría
sido explicar nuestro lesbianismo si hubiésemos sabido que todo podía
venir de la masculinización del oído interno...
Podríamos haber evitado sudores al contárselo porque,
no es lo mismo explicar que te gustan las chicas que explicar que
el que te gusten las chicas se debe a que sufres una masculinización
del oído interno....
Aunque claro, eso me remite a la segunda pregunta ¿se verá como una
enfermedad o como una deformación? Lo malo es que la tercera, y doble,
pregunta me tortura ¿tu grado de lesbianismo depende del grado de
masculinicación de tu oído interno? ¿tiene la chica de luenga melena
con aspecto heterosexual (pero absolutamente lesbiana) una masculinización
del oído interno menor que el de una camionera? Pero claro, me
surgen más preguntas de las preguntas ¿servirá, el mencionado
descubrimiento, para que apaleen con más ligereza a las mujeres
acusadas de lesbianismo en esos países en los que dicha orientación es
un asalto directo a la “religión” (léase ego masculino) o
simplemente será motivo para que en vez de apaleamiento público se las
envíe a centros psiquiátricos en los que acabar dignamente locas?
Aunque claro, siempre existe la posibilidad de que traten de
“subsanar” ese pequeño defecto mediante fina cirugía...
En fin, no sé qué es más grave si gastar esfuerzo, dinero y tiempo en
la búsqueda de la causa del lesbianismo, un tema que por otro lado no
afecta en absoluto a la paz o seguridad mundial o si permitir que
estudios de este tipo se lleven a cabo.
Si el lesbianismo fuese un pajar algunos científicos estarían tratando
de buscar la aguja con la que pincharnos el dedo gordo. Sea como fuere
hemos estado y estamos sometidas a un doble estado, el de la
invisibilidad (acompañado de cierto grado de locura atribuído) y el de
la ciencia. En el primero ha habido una constante lucha por dar
pinceladas de locura nerviosa o excéntrica a cada bocanada o edicto
salidos de nuestro movimiento y en el segundo una búsqueda constante de
la razón por la cual rechazamos o no asumimos lo masculino como boya
guiadora de nuestros pensamientos y,
por tanto, de nuestras vidas.
Existe una negativa persistente a entender la sexualidad femenina por
parte de los santos varones, por lo tanto, cómo no va a existir una
mayor negativa a entender el lesbianismo. En general, no se alcanza a
comprender el desprendimiento que sufrimos de la masculinidad como
elemento de culto interno y externo y como máximo exponente de íntimos
anhelos, pero ¿de quién son los anhelos? Evidentemente nuestros no.
Desde tiempos inmemoriales existe una pontificación del ser masculino
como algo que está por encima de cualquier cálculo humano y se ha
pretendido siempre grave que algunas mujeres, no todas lesbianas, hayan
arremetido contra ese pontificado que no está basado en ningún
criterio sensato, bueno, ni insensato puesto que la imposición del
patriarcado y la masculinidad como modelos han sido meras imposiciones salidas de la política y la religión,
aunque más de ésta última. Y demasiados años de patriarcado no han
hecho más que obcecar el resentimiento al levantamiento paulatino que
la mujer ha emprendido, pero si nos remitimos a las lesbianas el
resentimiento es mayor puesto que entienden que anulamos al hombre de
nuestra vida y semejante osadía es rayana en el delito más grave.
Quizá
por eso unos anden investigando si nuestras funciones cerebrales son
iguales a las del resto de las mujeres, heterosexuales, por tanto han
seguido el camino pre-establecido por el patriarcado, y otros, como
cierta entidad gubernamental que ha dictaminado que el lesbianismo es "un
acto de indecencia grave", "antinatural", y "un acto
sádico y lascivo" cuya mejor forma de erradicación, ante una
reunión de lesbianas, es que “la
policía reúna una cantidad considerable de violadores convictos y que
los dejen sueltos entre las alborozadas y satisfechas Jezabeles cuando
su reunión esté a pleno, de manera que aquellas perversas y miserables
desviadas prueben el goce y el placer de lo
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Reflexiones
sobre la violencia de género |
Se
ha puesto tristemente de moda abrir cualquier
informativo televisivo con la noticia de una
nueva agresión cometida por un hombre hacia su pareja
sentimental. Muy a menudo la información se completa
con detalles sobre la forma de agresión o el hecho
de haber sido presenciado el ataque por los hijos
de la pareja. Se añaden informaciones sobre si hubo
o no denuncias previas, cuántas denuncias hubo y,
por supuesto, el número de victimas que ha habido durante
ese año contando a la última. Raramente en un
informativo se buscan opiniones de "expertos" pero cuando
esto se hace los expertos son generalmente de la
carrera judicial y entonces oímos hablar de órdenes de
alejamiento, de endurecimiento de las penas para agresores
o incluso, sobre la constitucionalidad o no, de
exponer públicamente una lista con nombres y apellidos de hombres
condenados por agresión a sus parejas. El lenguaje que se utiliza
para hablar de este tipo de
violencia también es significativo y así, por lo común,
se suele emplear el calificativo de "doméstica" que
podríamos traducir por "menor" lo que se puede interpretar
como una cierta tolerancia social hacia la violencia
que se ejerce de puertas para adentro. En general,
el tratamiento de este tema que se da en los medios
de comunicación de masas peca de sensacionalista y, en ocasiones,
incluso morboso.
Cuando
los "profesionales" hablan de las causas del maltrato
asumen con apabullante frecuencia que no tener
trabajo remunerado o tener una escasa formación son los pilares que
explican la violencia que yo llamaré
de género. De acuerdo con esa visión, desde la política
se busca mitigar esos déficits mediante programas educacionales y de
formación que permitan a las
mujeres victimas de maltrato el acceso a un puesto de trabajo con el
que poder mantener a sus hijos. Es
obvio que una cierta tutela por parte del Estado es necesaria
para las mujeres con graves déficits educativos. Sin embargo, podemos
preguntarnos si esa intervención es suficiente y, sobre todo, si no
se estará atendiendo
exclusivamente a las causas más inmediatas del maltrato mientras que
no se incide sobre otras causas más remotas tales como la desigualdad
de poder en función
del sexo o la permisividad social frente a la agresividad del varón...
En cualquier caso, la violencia de género es un asunto de gran
complejidad cuyo
abordaje exigiría una respuesta igualmente compleja desde la
multicausalidad.
Llegados
a este punto, podríamos preguntarnos: ¿Cuáles
podrían ser las causas más remotas de la violencia de género? ¿Porqué
parece existir una mayor tolerancia
social hacia este tipo de violencia? ¿Porqué la
violencia se ejerce del hombre hacia la mujer y, raramente,
a la inversa? O, ¿porqué la conducta violenta en el hombre parece
ser tan frecuente? Desde la psicología
se sabe que un estado de frustración (discrepancia entre las
necesidades y deseos y su satisfacción) genera un malestar que se
traduce comportamentalmente en agresividad. Ahora bien, la manifestación
de la misma puede darse hacia otros o hacia sí mismo.
Los diferentes patrones de socialización femeninos y masculinos podrían
explicar al menos en parte la
mayor frecuencia de conductas agresivas en varones. Un aspecto
importante a tener en cuenta es que a
lo largo del desarrollo evolutivo del ser humano los hombres
y mujeres tenemos que aprender a diferir las gratificaciones.
Esto quiere decir que mientras que, de
bebés, tan pronto surge una necesidad ésta tiene que
ser satisfecha a medida que crecemos no es posible obtener satisfacción
inmediata para todos los deseos
que nos van surgiendo por lo que, en muchas ocasiones,
tenemos que demorar la satisfacción de una necesidad
o de un deseo lo que supone, de hecho, tolerar
un cierto grado de malestar. Esta capacidad que
tiene una persona para tolerar el malestar inherente a la no
satisfacción de necesidades es lo que se conoce
como tolerancia a la frustración. Y es una variable
de gran importancia para explicar la violencia. Detrás de cualquier
conducta violenta hay una frustración
de una necesidad que se percibe como muy importante.
Y esto es así tanto en hombres como en mujeres.
Sin embargo, la permisividad social de la agresividad
en el varón cuando no su justificación hace que la conducta violenta
sea bastante más probable en el varón que en la mujer.
Por otra parte, muy a menudo hombres
y mujeres comparten unas ideas
similares aunque con diferente intensidad.
Por ejemplo, la idea de estar
incompleto o ser un fracasado si no
se tiene pareja; el ideal del "amor romántico"
como fusión que impulsa la idea
del sacrificio individual en pos de un
bien superior: la vida en pareja; la aceptación
de los celos como consecuencia necesaria del amor exclusivo; la idea
de que, en la relación de pareja,
tienen que satisfacerse todas y cada una de las necesidades
individuales... No obstante, la socialización femenina
incide más en la idea del sacrificio
personal como contrapartida de
una buena relación de pareja. Como resultado de ello, las mujeres
suelen considerar que la buena
marcha de una relación
es responsabilidad exclusiva
de ellas.
En vista de todo lo anterior, ¿cuáles
podríamos
considerar las condiciones
que
harían probable que un hombre
ejerciese
una conducta violenta para
con
su pareja? Desde mi punto de
vista,
el cóctel explosivo sería un
varón
con una baja tolerancia a la frustración cuyas expectativas no se
ven
satisfechas en su relación de pareja que culpabiliza a la mujer de su
insatisfacción
y cuya mujer tiene interiorizado ese mismo sentimiento de
culpa
(una mujer que se siente responsable de no satisfacer las expectativas
de
su pareja al tiempo que siente un
cierto
desprecio por sí misma.) Sentir
respeto
y aprecio por quien uno es se
convierte
en un factor protector tanto
como
haber cuestionado determinadas
creencias.
Resumiendo,
podemos concluir diciendo que la violencia de género es un
asunto
que exige la cooperación y
colaboración
de profesionales de diferentes entornos lo cual permitiría la
realización
de programas de intervención verdaderamente eficaces. Todo lo
que
se haga sin tener en cuenta esa
multicausalidad
del problema social
que
supone la violencia familiar podría
incluso
venir la empeorar la situación
inicial
al hacer bastante probable la
revictimización.
Por
María del Mar Fajardo Navares
Psicóloga
y Terapeuta sexual |
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