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Ante la "confesión " de bisexualidad, la mayoría de
las personas asumen que se trata de alguien que no se atreve a
vivir sus impulsos homosexuales o que busca presentarlos de una
manera más socialmente aceptable.
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"Me
dijo que le gustan los hombres tanto como le gustan las mujeres, lo
que le parece natural porque, dice, él es producto de dos sexos así
como de dos razas. A nadie le sorprende que él sea biracial; ¿por qué
debería sorprenderles que sea bisexual? Esta es una explicación que
jamás escuché antes y que no puedo comprender del todo; me parece
demasiado lógica para mi cerebro."
Alice
Walker, Possessing the Secret of Joy
"Necesito
hablar sobre bisexualidad. Creo que la analogía es la identidad
interracial o multirracial. Creo que la analogía para la bisexualidad
es una visión del mundo multicultural, multiétnica, multirracial. La
bisexualidad se desprende de una perspectiva como ésa y a la vez
conduce a ella."
June
Jordan, activista y poeta
¿De
qué hablamos cuando hablamos de (bi)sexualidad?
Muchas personas afirman que "la bisexualidad no existe". En
cierto sentido, tienen razón. La Bisexualidad, como entidad absoluta,
es algo irreal, claro que sí. Algo tan irreal como lo son La
Homosexualidad o La Heterosexualidad. Lo que existen son historias
humanas de deseo y diferentes maneras de dar cuenta de ellas a través
de las palabras. La elección de una palabra o de otra (o de ninguna)
para dar "título" a esa narrativa, es producto de numerosas
circunstancias, entre las que se tienen un lugar privilegiado el
contexto social y cultural, la historia familiar y el grupo de
pertenencia. Y siempre, toda palabra que pretenda dar cuenta de la
historia y del presente deseante y afectivo de una persona,
necesariamente dejará afuera experiencias, fantasías, proyectos, sueños,
que son conflictivos con la imagen de sí que esa palabra quiere
revelar. Ese "dejar afuera" puede implicar
"olvidarlos" o también resignificarlos de maneras que
reduzcan su conflictividad.
Lo que se considera "ambiguo", es decir, lo que no es fácilmente
clasificable en las categorías existentes, tiene la virtud de por su
mera existencia desnudar las reglas de juego que subyacen a esas
categorías.
Tal como sucede con la transgeneridad, que desnuda en forma implacable
la precariedad de la diferencia (binaria) de género, pilar de la
civilización occidental -cristiana y no-, la bisexualidad pone al
descubierto cuáles son los parámetros que regulan la idea misma de
sexualidad humana en este fin de siglo.
Escuchemos las críticas, y los temores. Los siguientes comentarios
fueron pacientemente recogidos a lo largo de los años. Provienen de
muy variadas clases de personas: terapeutas de diversas orientaciones,
público de talk-shows en televisión, gays y lesbianas (activistas y
no), integrantes de grupos de terapia, estudiantes de psicología, etcétera.
Según ellas y ellos, las personas bisexuales son:
Inmaduras:
porque no se definen, porque pretenden perpetuar un estado de
omnipotencia infantil en el que todos los objetos son potenciales
objetos amorosos.
Impostoras:
porque "en realidad" son gays o lesbianas que no se treven a
asumirse como tales, o que no quieren perder ni los privilegios
sociales de la heterosexualidad ni los placeres de la homo.
Confundidas:
porque "en realidad" no saben lo que quieren, dudan, van de
un cuerpo a otro y de un género a otro buscando una falsa completud
de sus débiles yoes, que se debilitan más aún en ese proceso.
Hipersexualizadas:
su libido es tan intensa que rompe los diques de la represión y no
discrimina entre objetos socialmente permitidos y prohibidos; en versión
talk-show: "tiene ojo, me lo cojo".
Egocéntricas,
egoístas, centradas en la búsqueda de su propio placer y reluctantes
a sacrificar nada de sí para comprometerse en una relación adulta
con una persona de un determinado género y renunciar al resto de sus
potenciales parejas.
Este egocentrismo en muchos casos orilla la psicopatía, ya que la
persona bisexual es insensible al dolor que causa en heterosexuales,
gays o lesbianas puras/os y bien intencionadas/os que confían en
ella. (Esta línea ha sido explotada por el cine hasta la exasperación)
Exóticas,
andróginas, ni hombres ni mujeres, criaturas de la noche y la
excentricidad, artificiales, exquisitas, tan Otras que ni siquiera
puede juzgárselas con los parámetros morales que sí les caben a sus
hermanas/os más corrientes.
¿Cuál es la idea de sexualidad que se esconde detrás de esas críticas?
En primer lugar, una sexualidad cuya culminación es un estado fijo
-en cuanto a objeto, pero también en cuanto a práctica. La madurez
sexual estaría indicada por la elección, sea esta hetero u
homosexual, y el renunciamiento a las otras alternativas. Ser madura/o
es recortar de la gama posible de experiencias humanas una sola, y
adherirse a ella por el resto de la vida. Se trata de una sexualidad
binaria, excluyente, y por supuesto jerárquica como lo son todos los
sistemas binarios en Occidente (hombre/mujer, mente/cuerpo,
blanco/negro, día/noche, cielo/infierno, etcétera). De acuerdo al círculo
donde nos movamos, la perfecta culminación del proceso psicosexual
será la heterosexualidad, con la homosexualidad como variante
defectuosa; o proclamaremos la supremacía del deseo entre iguales,
con una miríada de argumentos que van desde la exquisitez griega
hasta la liberación del mandato patriarcal.
No hay vida fuera de los polos... contradiciendo la realidad de
nuestro planeta donde justamente los que están deshabitados son los
polos y la fascinante diversidad de la vida humana transcurre en las
vastísimas zonas que se extienden entre ambos...
¿Por qué la
bisexualidad asusta tanto que tiene que ser negada en su misma
existencia? Una
posible explicación, entre muchas, se relaciona con este sistema
binario al que venimos haciendo referencia. Al ser jerárquicos, los
binarios que estructuran el pensamiento occidental son en realidad
falsos binarios. No hay equivalencia entre las dos posibilidades:
siempre hay una que es "positiva" y otra que es
"negativa"... el negativo de la primera, su copia deformada.
En la Edad Media se imaginaba el cuerpo de la mujer como una copia
deformada del masculino, sin tapujos. El lado "positivo" del
binario es el "real"; el otro, es una deformación a
corregir, sin entidad propia. No son dos, sino uno, y la "elección"
/ "renuncia" no es tal, sino una mera cuestión de desempeño,
de acercarse más o menos al ideal.
En esta sexualidad normativizada, con indicadores de desempeño y
metas a alcanzar, donde el deseo aparece controlado, nombrado,
acotado, y el margen para lo imprevisto y para el cambio es mínimo,
la bisexualidad irrumpe como elemento disruptivo. La bisexualidad no sólo
devuelve su categoría de existencia al otro polo del binario sino que
además despliega una amplia gama de opciones posibles entre ambos,
que los relativiza y los vuelve meros puntos en un continuum en lugar
de indicadores excluyentes de identidad.
La bisexualidad remite a lo móvil, al cambio, a lo imprevisto y por
eso atemoriza. En ámbitos que no sean la sexualidad, se reconoce la
capacidad de adaptación a los cambios como síntoma de madurez, la
flexibilidad como indicio de estructuración adecuada del yo, un
amplio repertorio posible de respuestas e intereses como sinónimo de
salud. Y sin embargo, en lo sexual, exigimos de las personas todo lo
opuesto. No es sorprendente: en el lugar de la mayor vulnerabilidad
humana, donde rozamos la muerte y la desnudez, donde hasta el lenguaje
adulto nos es insuficiente, es donde construimos las mayores rigideces,
los imperativos más tiranos.
La definición más simple de bisexualidad habla de la potencialidad
de sentirse atraída o atraído por personas del propio género así
como de cualquier otro. El término en sí ha sido cuestionado por
muchas personas en los últimos años, ya que perpetúa la (falsa)
concepción de que existen solamente dos géneros -el propio y el
ajeno, femenino y masculino. La existencia de una amplia gama de
personas que resultan difíciles de encuadrar en esas dos categorías,
y que resultan objetos de interés afectivo / erótico, exige una
definición más abarcativa de bisexualidad, como la que enunciamos al
comienzo del párrafo.
La sexualidad humana es mucho más compleja de lo que querríamos que
fuera. Abarca la genitalidad, por supuesto, pero también las fantasías,
la cercanía emocional, la comunión afectiva... En algunas vidas
humanas -las menos- todos esos vínculos se dan, desde el nacimiento
hasta la muerte, con personas de un solo género. En la mayoría de
las vidas humanas, en cambio, existe una fascinante diversidad de
objetos amorosos/eróticos, a veces aceptados como tales y a veces no.
Si restringimos la sexualidad a su expresión genital, seguramente
encontraremos muchos más casos de exclusividad, pero ni siquiera. El
famoso estudio Kinsey, realizado en los años '40 y que sólo medía
relaciones sexuales que culminaran en orgasmo, provocó un escándalo
al revelar la impresionante diversidad en las preferencias sexuales de
la población estudiada.
Acordar existencia real a la
bisexualidad implica una concepción de la sexualidad menos
"tranquilizadora" pero más adecuada a los estándares de
salud, en cuanto requiere una perspectiva flexible, abierta a la
posibilidad de que se produzcan cambios. El peligro reside en utilizar
la aceptación de la bisexualidad para instalar un nuevo status quo,
donde las opciones "aceptables" serían tres en lugar de
dos. Apenas una modificación cosmética. El desafío que plantea la
bisexualidad es pensar la sexualidad humana como una materia en
construcción permanente, como una historia que sólo se cierra y
adquiere una forma definida en el momento de la muerte. Y abrir la
puerta para validar otras expresiones de la sexualidad que todavía
oscilan entre la categorización clínica (desvalorizante) y el
silencio; no casualmente, son las expresiones más "asociales",
las que no nos ligan a otras ni a otros, las que son todavía más
sospechadas: el celibato, el autoerotismo, el fetichismo.

Estas
reflexiones son un extracto de un trabajo realizado por Alejandra
Sardá
Psicóloga.
Coordinadora del Programa para América Latina y el Caribe, IGLHRC
(Comisión Internacional de los Derechos Humanos para Gays y
Lesbianas)
Email:
alejandra@iglhrc.org |